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Home Formación para Catequistas La formación del catequista (Revista Cristo Vive Aleluia Nº 173 - Ed. de la Palabra de Dios)

La formación del catequista (Revista Cristo Vive Aleluia Nº 173 - Ed. de la Palabra de Dios)

Experiencia de vida y testimonio. La formación del catequista (Revista

Cristo Vive Aleluia Nº 173 - Editorial de la Palabra de Dios)

 

La renovación de la catequesis, propuesta por el reciente documento Orientaciones y Lineamientos para la renovación de la catequesis de Iniciación Cristiana de la Conferencia Episcopal Argentina, requiere catequistas renovados desde su misma formación, dispuestos a la conversión pastoral que nos pide la Iglesia en Latinoamérica; por eso hoy se necesita una profunda reflexión sobre el catequista iniciador y acompañante del proceso de fe de los catequizandos.

El Documento Conclusivo de Aparecida afirma, que no resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a elenco de algunas normas y prohibiciones, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe o a la repetición de principios doctrinales. Por eso la nueva evangelización, de la cual la catequesis es un momento fundamental y privilegiado, requiere recomenzar desde Cristo, reconociendo que no se es cristiano por  una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con Jesucristo que da un nuevo horizonte y una nueva orientación a la vida (Cf. DA 12).

Son muchos los bautizados que hoy no se insertan activamente en la comunidad eclesial, en sus celebraciones litúrgicas, obras de apostolado o servicio de la caridad; muchos de ellos no tienen conciencia suficiente de su identidad y misión en el mundo y en la Iglesia; esto cuestiona a fondo cómo estamos educando en la fe y cómo estamos alimentando la vivencia cristiana (Cf. DA 286 y 287).

Nos encontramos entonces frente al desafío de revitalizar la opción por Jesús y un estilo de vida evangélico, la experiencia de comunión eclesial y el servicio de la caridad, el testimonio de vida y la formación para la misión de los catequistas, para que así la fe arraigue más profundamente en sus vidas y servicio.

 

 

El testimonio de vida evangeliza y catequiza

 

Lo que describimos plantea la necesidad de ofrecer un itinerario catequístico de iniciación (o reiniciación) cristiana que comience por el kerigma y, guiado por la Palabra de Dios, que conduzca a un encuentro personal con Jesucristo, y que lleve a la conversión y al seguimiento en una comunidad eclesial (Cf. DA 289). Este proceso requiere catequizar testimonialmente ya que, como supo expresar Pablo VI, el hombre de hoy escucha más a los testigos que a los maestros, y si escucha a los maestros es porque dan testimonio (Cf. EN 41).

En el Proceso Comunitario para la Confirmación (PCC), el testimonio de los catequistas es esencial en la pastoral que se desarrolla porque no se catequiza solamente en base a razones doctrinales de fe sino también sobre la búsqueda de coherencia entre lo que se dice y manifiesta viviendo, en base a la expresión de cómo se trata de vivir esa fe y de las incidencias que tiene en la vida personal; así el testimonio se transforma en el principal argumento de nuestra fe.[1]

Sabemos que el Papa Benedicto XVI ha expresado, en diversas ocasiones, la concordancia necesaria y posible entre razón y fe, entre fe y vida; y en la comunidad eclesial, el catequista tiene la misión de expresar esas razones de la fe que sustentan el sentido cristiano de la vida, lo cual plantea que se forme en la doctrina de la fe para vivir testimonialmente.

En el Movimiento de la Palabra de Dios, el P. Ricardo nos enseña que en la formación cristiana, muchas veces, se puede desarrollar la doctrina que da las razones de la fe pero desconectada de la realidad vital del que se forma; así la doctrina puede no incidir en el proceso vital de la existencia personal, por ejemplo: se pueden tener todas las pruebas de la existencia de Dios pero vivir al margen de Él.[2]

Por eso, el catequista del PCC, desde su experiencia y formación en el Movimiento, enseña acerca de Dios desde su experiencia de Él, del Dios que le ha cambiado la vida e incidió en su mirada sobre todas las cosas, no de oídas, no con un discurso abstracto, no con un sistema abstracto de valores y verdades.

Su enseñanza es testimonio de algo que le ha sucedido; su lenguaje es su propia vida, así el mensaje que anuncia no es vacío porque se da en la vida. En él, las razones doctrinales están conectadas con la realidad vital y el suyo es un pensar teniendo razones de vida. Es un pensamiento existencial que da las razones, no sólo del obrar práctico de la moral, sino del sentido bíblico de la vida. Para el catequista del PCC, Dios no es una idea o un sentimiento absoluto sino un Ser Vivo, hecho Hombre y Camino de Vida en Jesucristo. [3]

En el Proceso Comunitario, el catequista habla de Dios confesándolo en el espesor de la vida, afirmándolo en y por la vida toda, evitando dicotomías; ofreciéndolo a los catequizandos como salvación de sus vidas, liberación de lo que los amenaza y proyección de su humanidad.

 

 

Una experiencia formativa para la misión

 

“La propia formación de los catequistas deberá ser conducida por este modelo catecumenal, para que, una vez convertidos y evangelizados, se conviertan ellos mismos en discípulos y misioneros. Esta formación en el proceso de la experiencia catecumenal, se verá enriquecida si los mismos catequistas conocen y aprenden la estructura pastoral del RICA, y lo asumen como un proceso de Iniciación Cristiana integral, que comienza desde el anuncio kerigmático y la conversión, y conduce a la vida comunitaria, a la Eucaristía en la comunidad adulta y a la acción de presencia y transformación en el mundo” (Orientaciones y Lineamientos para la Renovación de la Catequesis de Iniciación Cristiana Nº 59).

El catequista necesita recibir una experiencia formativa adecuada a la misión a la que fue llamado; y en el marco del PCC se desarrolla una formación a modo de “escuela de catequistas”. Cuando se fue desarrollando esta experiencia de servicio catequístico, más allá del lugar de origen y sus iniciadores, se descubrió la necesidad de una formación pastoral-catequética a través de esa modalidad; la escuela fue el lugar donde se pudo pasar “lo visto y oído” de una vasija perecedera (los iniciadores) a una imperecedera (el cuerpo de catequistas).

Esta escuela busca  transmitir el espíritu, el contenido, la metodología y los recursos propios del PCC, pero sobre todo testimoniar kerigmáticamente la experiencia pastoral para poner en movimiento la gracia en cada lugar de servicio y a través del tiempo (esto también se ofrece en retiros y encuentros de catequistas).

La escuela enseña que el catequista educará en las verdades de la fe como maestro, trasmitiendo la doctrina en el marco de la nueva evangelización, animando a enraizarse en las enseñanzas de Cristo y su Iglesia. También, en ella se aprende que son necesarios procesos graduales de formación cristiana, que ha de ser paciente la tarea formativa de la Iglesia en el nuevo contexto sociocultural, y que la vida del discípulo no se reduce al cumplimiento de normas y preceptos.[4]

Quien  realiza la escuela recibe una formación discipular para servir que tiene como rasgos: la centralidad de la persona de Jesús, fuente de toda madurez humana y cristiana, en la propia vida; también el espíritu de oración y amor a la Palabra, y la práctica de la reconciliación y la participación en la celebración eucarística, así como la inserción cordial en la comunidad eclesial y la solidaridad en el amor y el fervor misionero (Cf. DA 292).

Por eso es importante distinguir la propuesta del PCC, que se inspira en el catecumenado de los primeros tiempos de la Iglesia, de otros itinerarios catequísticos y formativos que no tienen como base esa iniciación. En el PCC se forma, a catequistas y catequizandos, desde el anuncio del kerygma, guiado por la Palabra de Dios, introduciendo en los misterios de la fe íntimamente unidos a los sacramentos de la iniciación y preparando para el servicio y la misión. Asumir esta modalidad de iniciación puede plantear una renovación de la modalidad catequística en la parroquia y sus catequistas (DA 288, 289 y 294).

Junto a  los pastores en Aparecida estamos convencidos que la catequesis no puede limitarse a una formación meramente doctrinal sino que ha de ser una verdadera escuela de formación integral (Cf. DA 299) y esa escuela no es otra sino la escuela de Jesús expresada en su Evangelio.

 

P. Marcelo Gil, MPD

Sacerdote Nazareno

 

 



[1] Cf. MPD, P. Ricardo, El Pentecostés de Aparecida; Ed. de la Palabra de Dios; Buenos Aires; 2008; pág. 26.

[2] Cf. MPD, P. Ricardo, Convivencia Antropológica, inédito.-

[3] Cf. P. Ricardo, MPD, El Pentecostés de Aparecida; Ed. de la Palabra de Dios; Buenos Aires; 2008; pág. 26.

[4] Ibidem, pág. 30 y 31.

 

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